El líder máximo de la Iglesia católica ha muerto. El líder máximo de la Iglesia del Palmar de Troya ha muerto. El líder máximo del Principado de Mónaco ha muerto.
Aparentemente, pero sólo en apariencia, son tres hechos equivalentes puesto que sus respectivos correligionarios se han quedado igualmente huérfanos. Sin embargo, ya es sabido que las cosas casi nunca son lo que parecen.
El óbito del Papa Juan Pablo II ha generado tal cúmulo de comportamientos y declaraciones extemporáneas por parte de los prebostes de nuestro país, que los ciudadanos españoles que no nos sentimos involucrados por esta muerte, hemos tenido que pellizcamos más de una vez para creer lo que estábamos viendo.
Por otro lado, la Iglesia católica del país tampoco debe dar crédito a lo que está ocurriendo, pues vive unos días que han debido retrotraerla a tiempos más gloriosos cuando en España, por la santa voluntad de un señor bajito, con bigote y voz aflautada, la religión católica y el Estado eran una y la misma cosa.
En honor a la verdad, hay que decir que para una Iglesia que en nuestro país se siente perseguida inquisitorialmente -¡Y de inquisidores esta confesión religiosa sabe lo suyo!-, el eco planetario que el fallecimiento del pontífice ha tenido en la opinión absoluto, rotundo. Bien es cierto que una parte nada desdeñable de este triunfo urbi et orbi del acontecimiento, obedece a la descomunal cobertura informativa que los medios de desinformación de masas, públicos y privados, le han dedicado, corroborando una vez más que la hipnopedia es, como aseguraba Aldous Huxley, la mayor fuerza socializadora de todos los tiempos.
¡Pobre Azaña! ¡Todavía proclamaba altaneramente, tras las elecciones del 31, que España, por fin, había dejado de ser católica! La verdad es que no hemos dejado de serlo nunca y ahora, paradójicamente, en un régimen que se autoproclama democrático, plural y aconfesional, tampoco. Resulta espectacular y espeluznante al mismo tiempo, observar esas riadas fervorosas -o aparentemente fervorosas- de feligreses, esperando pacientemente, en una cola interminable, el momento de contemplar a su ídolo caído.
Es curioso comprobar la fría distancia y el sentido crítico del hombre occidental, amparado en su ciego etnocentrismo, cuando juzga los acontecimientos masivos de otras culturas, tales como el entierro multitudinario y desgarrado del líder palestino Yasir Arafat o las aglomeraciones de peregrinos musulmanes en la ciudad santa de La Meca, en torno a la piedra negra (La Kaaba). ¿Cuál es la diferencia, en esencia, entre estos hechos y el evento católico acontecido hace unos días?
Juan Pablo II le ha arrebatado a Kennedy, Evita, Lennon, Elvis, Gandhi, Lenin, Lady Di o cualquier otro personaje público irracionalmente mitificado, el récord de asistencia de la gente en su despedida definitiva. Pero se trata solamente de una estadística, algo cuantitativo y nada más. Más preocupante parece la eterna repetición de las concentraciones masivas de individuos impregnados de idolatría, sumidos en la sinrazón colectiva bajo el estricto control de las élites, a despecho de todas las declaraciones solemnes y tentativas pretenciosas, que nos hablan de un nuevo horizonte en el que el hombre será un individuo racional y libre.
Sin embargo, asumido que la utopía de nuestra emancipación de toda tutela externa, ha pasado a mejor vida, uno esperaría al menos, que un país que constitucionalmente se proclama democrático, plural, respetuoso con las minorías y aconfesional -de hecho, tendente al laicismo-, en estos días de ruido mediático infernal y protagonismo desmesurado de una confesión religiosa particular -por más que mayoritaria-, las instituciones y los representantes electos de la ciudadanía hubieran estado a la altura de las circunstancias, y no hubieran dado este espectáculo lamentable de peligroso deslizamiento hacía la confusión entre Estado y Religión, e incurrido en un error metonímico imperdonable como es tomar la parte (católicos) por el todo (ciudadanos españoles).
Si se empieza a recordar actos y declaraciones de altos representantes constitucionales, uno se va invadiendo de un sentimiento de perplejidad desazonante. La lista es larga pero bastará solamente con mencionar algunas joyas para ilustrar lo que se quiere decir:
1) Nuestro Jefe de Estado, el rey Juan Carlos I, no ha tenido empacho alguno en entonar públicamente el panegírico del fallecido, en nombre de todos los españoles.
2) La vicepresidenta del gobierno español, Teresa Fernández de la Vega, comunicó con rotundidad, la declaración de un día de luto oficial en el país y la profunda emoción (sic) que esta muerte había causado en todos los ciudadanos:
3) El presidente del Parlamento europeo, Josep Borrel, para muchos comecuras y azote jacobino, tanto de adversarios políticos como de compañeros de partido, declaraba, como presidente del Parlamento europeo, estar sumido en una profunda tristeza por la desaparición del Papa.
4) El Parlamento español -lugar en el que estamos representados todos los españoles, al margen de cualquier ideología o credo- establecía un minuto de silencio de sus señorías, para expresar debidamente las condolencias por la muerte del líder religioso católico, con el agravante de que los escasísimos diputados que permanecieron sentados en sus escaños, interpetando adecuadamente un Estado constitucionalmente aconfesional como el nuestro, han sido objeto de diversas críticas desde algún que otro medio de comunicación, por su actitud.
5) El presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, también ha sido injustamente reconvenido por haber mostrado tardíamente su dolor y tristeza por la muerte del pontífice y por haberlos expresado con frialdad y asepsis inusitadas.
6) El presentador del telediario del mediodía, en la televisión pública, aparece en pantalla el día del fallecimiento vestido con corbata y chaqueta negras, como muestra indiscutible de luto, así como la enviada especial que hace la crónica in situ, y ambos con un rictus permanente de gravedad bien aleccionada.
7) Y lo último, un funeral de Estado, sin escatimar boato y espectáculo, por la muerte del santo padre, oficiado por el cardenal Ronco Várela -que a estas alturas, en el país, detenta de facto una representatividad universal sea cual sea el evento de que se traten la explanada de la catedral Mariela de La Almádena, y con la presencia de todos los próceres de la patria, es decir, los reyes de España, los príncipes de Asturias, el presidente del gobierno, el presidente del Parlamento español, el presidente del Senado y un largo etcétera de despropósitos institucionales.
Hasta los ciudadanos particulares tienen miedo de herir la sensibilidad de la mayoría católica del país, en estos días de emoción globalizada; para conjurarlo practican la más sutil y terrible de todas las formas de censura: la autocensura. Le ocurrió a la escritora Ángeles Caso cuando intervenía en un programa de RNE. En una tertulia sobre el magno acontecimiento, y en medio de todas las afirmaciones grandilocuentes e infinitas loas a la persona y la obra del sumo pontífice fallecido, hace hincapié en el debe del finado criticando suavísimamente su actidud inflexible y censora de la teología de la liberación, y su visión retrógada en las cuestiones de índole sexual. Pues bien, a renglón seguido, ella misma, solita, sin que mediara malentendido alguno, incomoda y aquejada de cierto sentimiento autoinculpatorio, pide disculpas públicas por sus declaraciones, por si ha podido ofender o ser irrespetuosa con los partidarios del catolicismo y de su líder máximo; actitud surrealista que, sin embargo, no deja de ser un claro síntoma de cómo están verdaderamente las cosas.
Bien. Esta es la temperatura democrática institucional del país. Esta es la crónica de los hechos. Como se me dirá que el Papa, además de líder máximo de una las religiones mayoritarias del planeta, también era jefe del Estado Vaticano, y por eso las condolencias y los actos institucionales de los distintos jefes de Estado, quisiera atajarlos preguntando ingenuamente, si también ahora habrá día de luto oficial, funeral de Estado y declaraciones compungidas de altos cargos políticos para la figura, también desaparecida, del jefe del Estado del Principado de Mónaco. Estoy esperando. Sigan ustedes pacientemente esperando.
En estos trascendentes y trascendentales días vividos, la lección no puede ser más cristalina: una cosa son las prédicas y los documentos, y otra radicalmente distinta, los hechos. La tolerancia y el respeto hacia otras confesiones religiosas y hacia los ateos y agnósticos de nuestro país -el cacareado pluralismo- sigue brillando por su ausencia.
Seamos alumnos aventajados y aprendamos de lo ocurrido: comprendamos que, en definitiva, el Papa muerto es el nuestro, el de TODOS.
ALEJANDRO HIDALGO