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This is football

La celebración

Debo confesar que siento cierta envidia de la hinchada del Barça. De esa celebración desaforada, histérica, eyaculada, que solo es posible cuando se tiene poca costumbre de ganar. Cuando la victoria es algo tan excepcional que le sirve a una ciudad entera para improvisar una nochevieja en la que soltarse hasta el coma etílico. Un poco como la alegría del pobre cuando le toca un viaje a Cancún en un sorteo de Caprabo. En Chamartín, donde, a pesar de los recientes gatillazos del proyecto Florentino, la victoria es una rutina, casi una unidad de destino, desencajarse demasiado en un festejo es cosa que se considera de mal gusto. Como emborracharse en una boda de gente bien y acabar bailando encima de la mesa con la corbata anudada en la frente. Por eso siento cierta envidia de la hinchada del Barça. Porque para ellos salir campeones todavía es un logro lo bastante inaudito como para entregarse a una euforia de chapotear en fuentes y llorar de emoción que en Chamartín ya hace tiempo que se rebajó con la frialdad de quien está mal acostumbrado.
Dicho esto, y saludando al campeón, viene señalar algún reparo a la fiesta del Barça. No me refiero al problema de gases verbales que padece Eto’o, pues de alguna manera el chico tiene que redimirse a sus antiguas profesiones de fe madridista ante los lanzadores de cabezas de cochinillos que andan emboscados en las tribunas para las que ahora juega: no existe pasión mayor que la del converso. Me refiero más bien a la chusca politización del acontecimiento, protagonizada por algunos jugadores que se vistieron con banderas independentistas sin que nadie les haya reprochado el quebrantar ese principio que prohíbe manchar el deporte convirtiéndolo en vehículo de consignas políticas, y por tanto en propagador de cizañas innecesarias. Por defender esta convención, en los estadios son retiradas pancartas políticas y banderas tan anticonstitucionales como ésa que Gerard se dio el capricho de llevar sabiéndose aprobado por el doble rasero que concede patente de corso a las formas de xenofobia y fascismo étnico enmascaradas por la coartada progresista. Por eso se ha decretado que, de igual forma que el toro de Osborne es fascista, a nadie deben ofender las pancartas de “Catalonia is not Spain” que son inevitables en cada clásico.
Es verdad, y de ahí lo de más que un club, que el Barça es incomprensible sin su dimensión política, a la que no sólo renuncia porque no se siente cautivo del patrioterismo, cumplir el “ejército desarmado de Cataluña”. Pero no es menos cierto que si a los jugadores del Madrid, miembros de un equipo que solo aspira a ser un club, se les ocurriera politizar una celebración desde una consigna centralista, desde un nacionalismo español, entonces no tardarían nada los árbitros de la progresía, devueltos a la convicción del “equipo del régimen”, en pedirles un castigo por irrumpir en ámbitos en los que no les corresponde expresarse.

2 comentarios

P.N. -

mecagon en la protección antispam esa de mierda que he tenio q repetir el mensaje tres veces hasta q se ha enviao, munch, boikotealo!

Portera Negra -

"er furgol" es un juego, un deporte donde no tendría k haber ni política ni botellazos ni tanto dinero de por medio... se paga demasiado por darle patadas a un balón, mas bien debería pagarse ese dinero a los "balones humanos"... la política es una mierda